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FASCINACION BARROCA

Jorge Prior

Los cuadros religiosos muchas veces tienen narraciones extraordinarias, fantásticas, para mi son los comics, o las películas del siglo XVIII, tienen tramas complicadas, historias a muchos niveles, aunque “suene” extraño, afirmo que tienen sonido, efectos sonoros, música, y también superhéroes, es el caso de los Arcángeles quienes se enfrentan a los mas terribles monstruos y desafíos.  Cristóbal de Villalpando, el pintor barroco quien firmaba muchas veces como “inventor” plasmó magníficamente estas imágenes en varios de sus cuadros, yo escogí uno que me parece una epopeya absolutamente lúdica.  

MUJER DEL APOCALIPSIS Y SAN MIGUEL ARCÁNGEL / foto  José Ignacio González Manterola-Pablo Oseguera Iturbide.

MUJER DEL APOCALIPSIS Y SAN MIGUEL ARCÁNGEL / foto José Ignacio González Manterola-Pablo Oseguera Iturbide.

Al centro del inmenso cuadro está el Arcángel, es san Miguel blandiendo una espada en todo lo alto y a punto de dar un severo golpe a su acérrimo enemigo, un monstruo amenazante, se trata del mismísimo diablo ahora investido de un dragón coronado de siete cabezas con cuernos. Presenciamos el final de una batalla, hace sólo unos instantes esas inauditas mandíbulas con sus afilados colmillos eran auxiliadas por garras y extremidades para asestar golpes en el cielo a diestra y siniestra buscando ensartar y hacer sangrar al valiente Arcángel; los ramalazos hicieron estragos, tan es así que incluso algunas estrellas del firmamento se vinieron abajo; a un lado del demonio, meteoritos de fuego dan testimonio del encontronazo, son fragmentos de estrellas heridas que aún se precipitan a tierra.

 

La desfalleciente batalla debió ser ensordecedora. El rugido que aún emerge feroz de la cabeza agonizante y humeante del dragón es tímido testigo del estruendo celestial que ocurrió momentos antes.  El sonido suave, aunque de viento huracanado generado por la ágil espada del Arcángel al cortar nubes y aires, o al estrellarse contra el cuerpo correoso del demonio debió de contrastar con los aullidos, gorgoteos y ladridos infames de Belcebú. Además, deben de haber flotado en el ambiente los rumores, gritos y sobresaltos de los ejércitos de ángeles y demonios expectantes del devenir de tan ingrato espectáculo. Debió ser sobrecogedor ver aquellas bocanadas del fuego arrojadas por siete gargantas, así como los movimientos fulminantes e inverosímiles del volátil cuerpo de san Miguel suspendido por sus alas batientes que lo trasladaban en círculos y alturas que impidieron calcular al ‘perverso’ dónde y cuándo dar un golpe certero que descompusiera la inmaculada belleza del comandante de los ejércitos del Bien. Porque esta es también una lucha entre la fealdad y la hermosura. La elegancia y riqueza de las vestimentas de san Miguel, su porte perfecto, su carácter y audacia, aunque refleje un cierto temor en su mirada, nos seduce, él es luminoso frente a la oscuridad de aquel animal desnudo de cuerpo informe cuya piel enfermiza nos causa repulsa.

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El dragón que recién estaba volando, aparece en el cuadro ya en el suelo, prácticamente abatido. San Miguel lo mira todavía incrédulo, sorprendido de haber podido someter la brutalidad de la bestia. Los orificios nasales de su enemigo bufan, aun arrojan humo, rastros del fuego que emanó de sus bocanadas. Algunos hocicos continúan abiertos, activos, siguen amenazantes, aunque con una voluntad ya mermada, perseverantes quieren devorar lo que se les ponga enfrente, pero la masa de su pesado cuerpo los traiciona y vuelve torpes, anuncia la derrota.

A san Miguel le ayuda en su faena otro Arcángel quien, a su izquierda, en piso firme y unos pasos atrás, entierra con decisión una lanza en el cuerpo viscoso del enemigo.

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Otro ángel guerrero, en la retaguardia parece celebrar. Y en el extremo del cuadro, el más elegante de ellos permanece en guardia, su espada desenvainada y desconfiada, en alerta, con sus alas listas a desplegarse si fuera necesario, pero su apacible y delicado rostro muestra confianza en que la batalla está casi decidida a favor del magnífico ejército que ellos preceden. Y es que, a sus espaldas, una multitud de soldados angelicales se acerca al sitio, vienen a reforzar la escena, una multitud de puntas, ya sea de alas o lanzas destaca en lo alto.

Tal demostración de fuerza no sólo por si es necesario terminar de abatir al demonio que en primer plano agoniza, sino para advertir a imitadores, a cómplices del mal, que siempre que aparezca, ellos, este mar de combatientes prodigiosos saldrán a combatirlo a espada, fuego y muerte.

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Es un cuadro ruidoso.  Al recorrerlo con la vista el alto volumen de los salvajes ruidos de la guerra empieza a amainar. A medida que sube la mirada, el barullo triunfador de los ángeles empieza a transformarse, a ser más contenido al punto de casi enmudecer. El desagradable gorgoteo agónico de las entrañas del pulpo demoníaco se disuelve a la distancia.  En las alturas infinitas, donde se libró aquella batalla de gigantes, los ángeles han hecho brotar de entre el vapor de las nubes sus instrumentos musicales, tañen cuerdas, soplan vientos dulces, arpas, flautas, cellos.  Un ángel abre el libro de cánticos, para solfear los versos de exaltación que precisa la ocasión. El coro de voces empieza a sustituir el estruendo, corre una suave brisa que transporta las armonías que celebran la victoria.

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¿Pero qué ha ocurrido? ¿Porqué esta guerra? ¿Qué evento pudo haber suscitado que las fuerzas del bien se convocaran para combatir al dragón? ¿Quién es y qué hizo esta medusa apocalíptica para retar al Arcángel?

La clave está en la figura que se posa en la parte central y alta del cuadro.  Parada sobre la luna que está en menguante, aparece una mujer envuelta por un manto azul, pareciera que ha terminado de orar, sus manos empiezan a abrirse. Todo parece centrarse en ella.

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Como fondo que rodea su cabeza está una gran aura de azul nocturno donde hay doce estrellas resguardán-dola. Justo a sus espaldas y abajo está el sol, humanizado, tiene rostro, el astro la mira compasivo, sus rayos iluminan la escena. Sin duda el universo la cobija, es una madre. Ella mira a lo alto, ha terminado de dar las gracias porque san Miguel le ha salvado de la terrible desventura de perder a su hijo.  

Todo empezó cuando al inicio de la jornada esta mujer recibió y sintió en su hermoso cuerpo los avisos del parto, de inmediato ella se dispuso con alegría para dar a luz al niño elegido.  El diablo que de todo se entera, quiso sacar raja e inmediatamente acudió a esperar el evento; para ello se transformó, mutó en una de sus más atroces versiones. Haciendo círculos merodeó a la virgen enfundado en una bestia de fuego con siete cabezas para así asegurarse que al emerger el recién nacido del vientre de aquella virgen, alguna de esas siete fauces le arrebataría al crío.  Lo atractivo del acoso y ataque era cobrar una presa deliciosa, devorarla si fuera posible, además de que con ello se evitaría la llegada del elegido, del niño que se volvería un hombre peligroso a sus intereses, algunos le llamaban el Mesías.  ¡Fuera quien fuera debería ser sacrificado!

Qué ofensa mas terrible la de arrebatar a una mujer su hijo, la de someter para secuestrar y luego asesinar a un recién nacido. No hay mayor ignominia.  Ya fuera para ser desgarrado por los colmillos del dragón, o para apartarlo violentamente de los suyos, de su madre. Es la esencia de un acto desquiciado, el pie para un mundo apocalíptico.  San Miguel alertado llegó en el momento cumbre, cuando aquella bestia arremetió contra la inocencia.  Es el origen de lo que fue esta batalla cósmica. En esa conflagración a muerte, se peleaba por dos mundos, la obtusa voluntad del reino de las tinieblas, o la luminosidad y bondad de los cielos.

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Pero todos estos eventos ya pasaron, el cielo ahora celebra la victoria sobre la sin razón, la virgen relajada y agradecida voltea hacia lo mas alto, atestiguando como dos ángeles cargan a su bebé, a quien han rescatado de las fauces del mal, de la muerte. Aquel niño elegido esta siendo llevado hacia un hombre de edad barbado, quien sostiene un globo, la esfera terrestre en su mano izquierda, sobre su cabeza una tiara. Uno de los ángeles, el que viste con mantón verde, mira a los que observamos el cuadro, lo hace de manera muy elocuente, es el único personaje que está conciente de nuestra presencia como espectadores. Nos habla con la mirada, y señala con el dedo índice al pequeño rescatado, -- “Véanlo, él es el elegido y lo hemos salvado”--. 

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El niño será entregado a aquel señor autoridad, que es la iglesia o la religión, el padre, tendrá una misión y un destino privilegiado.  El universo entero tuvo que sacudirse para salvar a este niño, en la tierra y el cielo hay que pelear por la vida.  Por todo el rededor, ángeles y querubines voltean a todos direcciones, están alertas, son los guardianes del bien; el elegido y su madre están protegidos, cobijados por los seres que habitan los cielos. Las voces de los ángeles, la música y el suave soplar del viento llenan el ambiente, han acallado la voz fúnebre del diablo, el espíritu vigoroso y alegre de la música barroca llena de regocijos los oídos del espectador. Quien no alcanza a escuchar estos rumores musicales, no ha comprendido el alborozo, y el profundo sentido de la batalla que se acaba de librar. Esta pintura suena, habla, se mueve, es todo un sueño y una aventura.  Lo que sucede es narrado por Juan, el evangelista que en la parte inferior derecha del cuadro desliza su pluma describiendo los hechos, quien a su vez es retratado en esta pintura por el inventor y pintor Cristóbal de Villalpando, oriundo de la Ciudad de México, que en 1685 titulara este cuadro “Mujer del Apocalipsis”.

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¿Qué sería de nosotros si no hubiera quien nos recordara el triunfo de la belleza, los sueños y la lucha por la vida?


Este cuadro se encuentra en la sacristía de la Catedral de la Ciudad de México. Es inmenso, tiene 9 metros de altura, y mas de 7 de ancho.

La fotografía de este cuadro es de José Ignacio González Manterola y Pablo Oseguera Iturbide. Gracias a ellos se puede ver aquí. Me parece importante destacar la dificultad para tomar estas imágenes en la sacristía de Catedral, no se puede hacer en una sola toma, ni en un solo día. Cualquier asunto con esta imagen por favor comunicarse con ellos.

GERMAN VENEGAS, “El Ahuehuete multiojos”

Autorretrato Germán Venegas

Autorretrato Germán Venegas

Allá en los noventa emprendí un viaje a la Magdalena Tlatlauquitepec, en Puebla, íbamos llevados de la mano por German Venegas, a visitar su pueblo y su familia. Estaba grabando uno de los primeros documentales que hice para la serie Galería Plástica de Canal 22. Fuimos porque me quería mostrar el origen de su devoción por la madera, y por las formas y la estética de su pueblo. Un largo camino de ida y vuelta donde me platicó de sus tiempos de la escuela, del reventón, de muchas cosas.  La mejor memoria es ahora el documental, pero la experiencia y recuerdos personales son aparte. Notable fue visitar a una mujer alfarera que esculpía ollas sin hoyo, o sea no ollas, coronadas con cabezas de burro, o de mujer, a veces bellamente monstruosas, German la admiraba, le compramos varias. También recuerdo unos largos palos de madera. Y una escultura que hizo German para la iglesia del Pueblo, muy tradicional, quizá lo mal recuerdo, pero creo se trataba de un San Martín Caballero.

Buda

Buda

Y ahora, muchos años después pasé a visitar su exposición en el museo Tamayo. (2019) La vista liga mi memoria. En estas nuevas piezas persiste esa misma línea de trabajo visual de Germán. Yo diría que el principal maestro de Venegas ha sido “el Ahuehuete”, si, estos árboles longevos, inmensos, sabios que sacan de sus entrañas formas inverosímiles y vivientes.  Sé que German caza estos árboles, en cuanto se entera de que alguno esta por fallecer, va y lo rescata, les da una nueva vida. Aunque solo especulo, pero el enorme Buda que se presenta en la exposición del Tamayo ha de ser uno de estos sabios Ahuehuetes, y el alma del árbol le dictó a Germán por donde irse. No le resto méritos al artista, no cualquiera saber escuchar los murmullos de la madera.

La agradable sorpresa en esta exposición es que aparte de la madera, también le gusta meterse en la piel de la pintura. Nos planta enfrente un cuadro pintado digamos de manera clásica (El violín y la flauta) y luego, nos muestra las muchas maneras de ver lo mismo. Y para mí, para entender que algo puede ser visto siempre novedosamente es alimento de la vista. Los cuadros, o el cuadro, va cambiando y ahí empieza una travesía, en la introducción de la exposición dicen que es un recorrido por la historia de la pintura, para mí, es un viaje por la historia de la mirada y de la imaginación.

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Generalmente, la visión cambia de un pintor a otro, de un cineasta a otro, de una época a otra, lo sensacional de estos cuadros, es que estos cambian frente a nosotros, de Venegas a Venegas, y en el mismo instante.  Nos alerta de que nuestra mirada no es única, que lo que vemos, lo podemos ver de muchas maneras, en varios tiempos, en tonalidades distintas, y la referencia es la misma, pero la lectura es diversa. Y esto, es la esencia del arte: la sorpresa y la multiplicidad, y cuando como espectador lo sientes, te metes al precipicio de la imaginación. ¿Dónde está la originalidad? ¿Cuándo un creador de imágenes o universos, pintor, cineasta o escritor está proponiendo una nueva visión?  Este es el reto de la creación. Hay quienes fallan, hay quienes aciertan.  Germán, le da al clavo.  Y cuando lo hace con las mujeres que pinta, hay que sumarle, el erotismo y el suspiro.

 

Aquí les dejo un fragmento pequeño del video de Germán de los años noventa. Filmado en Puebla, y con su exposición de aquellos años en MARCO Monterrey.